Carta abierta a un niño autista.

Dejo mi pluma escribir sola.

Afuera el viento con su arrullo de prisa, sube y baja jugando con la flor de los cerezos…

Mientras Edith Piaf canta en un preciosos francés mi perro juega con su rabito sobre sí mismo.

Él escribe.

Yo escribo.

Siento la distancia que trae el viento de lugares quizás no tan lejanos, apenas algunas cadenas montañosas más allá de lo que ven

estos, mis ojos del cuerpo.

Mi alma está tierna.

El viento me acuna y repliega.

Un vals de silencios agradecidos envuelven mi alma a la espera de crecer.

Quiero sentirme verter hacia afuera.
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…Y en eso llegó Jesús.

 

 

Escuchando preciosos sonidos que invitan al silencio y la reflexión, a la búsqueda de uno mismo recuerdo a un dios en el que nunca creí, al menos del que siempre dudé y nunca comprendí, ese dios del antiguo testamento.

Desde que comencé a escuchar y a leer la biblia surgieron mis primeras preguntas ¿por qué dios iba a enfrentar hermanos contra hermanos, madres con un hijo favorito en contra de su otro vástago?, ¿por qué no solo permitía, si no que alentaba y ayudaba a la masacre de pueblos enteros? ¿qué más le daba a él que Adán y Eva comieran del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal? ¿no tenía mala baba aquello de ponerles un paraíso con límites y castigo? ¡pues vaya un paraíso!, o ¡vaya un dios! Continuar leyendo “…Y en eso llegó Jesús.”