El abuelo meditante. Capítulo 3 (Parte 1)

 

-Lo primero es parar. -Le dijo Andrés.-
-Ya estoy parado agüelo.-Se impacientó el nieto ante la obviedad.- ¡Vamos a ser serios!
-¡Anda el mico por dónde me sale!
-¡No soy un mico soy un niño, y ya tengo ocho años!
-¡Por Dios, claro, se me olvidaba!¡Pues yo tengo 8×8 tus años listillo!
-Que son…
-Cuando te aprendas las tablas lo sabrás.
-¡Es que es la del ocho!
-¿Ves cómo no paras?
-¡Si estoy quieto! -Se quejó el niño.-
-Parar no es solo estar quieto Carlitos. -Dulcificó el abuelo su tono.- No solo hay que parar el cuerpo, también hay que parar la cabeza.
-… -Y antes de que el niño pudiera responder el abuelo añadió:-

-Por dentro, lo que piensas, sin embargo eso es imposible, y si pretendes parar tus pensamientos no pararás nunca.
-Agüelo, no te entiendo.
-Abuelo. Si es difícil para un niño. A ver… Vayámonos al arroyo.
Lo que para el abuelo era un arroyo, al niño le pareció un río, estaba encantado de la caminata por el monte.
Varios fueron los recodos en los que el niño preguntó ¿Falta mucho?
-Falta lo que tiene que faltar. -Contestaba siempre el abuelo.-
Y es cierto, tardaron mucho. Mucho porque el abuelo dio varias vueltas para llegar, hasta que el jovencillo se cansara un poco menos que él.
Al fin llegaron.
Mientras el abuelo se sentó, el pequeño comenzó a recoger y amontonar todas las hojas que encontró por los alrededores.
-Más, recoge más. -Le indicaba una y otra vez el abuelo.
Hasta que no quedó ni una brizna de hierba seca el niño siguió las indicaciones de su abuelo, al tiempo que brincaba entre las piedras, pisaba el agua, y buscaba tras de los árboles más y más hojas…
Cuando el abuelo había descansado, y el niño comenzaba a ir cada vez más lejos y más despacio llegó el momento.
-¡Vale!, ya está bien Carlitos.
-¿Qué vamos ha hacer agüelo?-Contestó en un tono más relajado.-
-Abuelo. Tú te vas a meter dentro del arroyo.
-¿Yo?
-Si. Oye no voy a explicarte todo mil veces, si digo tú te metes en el agua es que te metes tú, nadie más que tú eres tú en este momento. ¿Queda claro?
-Si agüelo.
-Abuelo. Bueno, pues ya te quiero dentro.
-¡Está fría, está fría! -El agua le llegaba por las caderas- ¿Qué hago ahora?
-¿Me quieres dar tiempo para hablar?
-Si, agüelo.
-Abuelo. Ahora yo voy a tirar las hojas y tú las tienes que sacar todas para dejar el arroyo limpio. ¡Y no me preguntes! ¿Yooo?
-¡Vale!
-Una, dos, ¡tres!
Y el abuelo comenzó a lanzar hojas, pajitas y trocitos de plantas que el muchacho estuvo recogiendo largo tiempo. El niño intentaba abarcar todas las hojas, hasta que se llenó las manos, una y otra vez las acercaba a la orilla a sacarlas, y una y otra vez el arroyo se llenaba con más y más hojarasca.

Cuando al abuelo le pareció dijo al niño que saliera y mirara lo que pasaba en el arroyo.
Continuó lanzando hasta que se agotaron y las aguas del arroyo se lo llevaron todo.
-Ahora está el arroyo limpio.
El niño se quedó perplejo, cansado. No tenía fuerzas para enfadarse, le habían tomado el pelo. Antes de terminar de abrir la boca habló Andrés:
-¿Te acuerdas que te dije que lo primero que hay que hacer es parar por fuera, y la cabeza por dentro?
-Si. -Dijo el niño medio mosqueado.-
-Pues la cabeza es el río y las hojas los pensamientos, si intentamos parar todas las hojas no podremos parar, pero si dejamos que los pensamientos pasen, como las hojas, podremos parar la cabeza, sin intentar parar nada. Porque si no, lo que hacemos es luchar, y eso no, no es la meditación. Y La meditación es un arte, algo hermoso que hay que tratarlo con mucho cariño.
-¿Es cómo el arte de pintar?
-Es cómo buscar un buen papel en blanco, para que el cuadro se dibuje solo.
-¡…Haala chavaaal…!
-¿Estás cansado?
-No mucho.
-Ven.
El abuelo subió entre unos árboles dónde no parecía haber nada. Al separar unas hojas llegaron a una roca donde llegaba el sol entre las ramas de los pinos.
-¿Sabrás sentarte así? -El anciano se sentó en la posición del medio loto. (3)

-Si.
El niño lo imitó sin problemas.
-¿Y así? -Se forzó en el loto completo.- (4)
-Si, claro.
-Vale, pues tú te quedas así y yo… -Deshizo la posición y volvió a la anterior.- Así, que si no me duelen mucho las rodillas, que ya soy viejo. Si nieto, si, viejo.
El niño lo dio por bueno.
-Ahora cierra los ojos y cuenta cuántas veces oyes cantar a los pájaros, porque después te lo voy a preguntar.
Apenas estuvieron cinco o diez minutos.

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