El abuelo meditante. Capítulo 3. (Parte 2)

Charlaron sobre el silencio de regreso a casa. Ese día la comida estaba especialmente rica.
Cuando el niño se recostó para ver la tele, el abuelo le dio la mano y se fueron a la piscina. Allí estuvieron jugando a la pelota, hasta que Andrés le propuso ir a la piscina de los pequeños.
-¡Abuelo, que yo ya sé nadar!
-Lo sé, lo sé… Pero hay algo que no sabes hacer.
-¿El qué?
-Kinhin.
-¿El quéee?
-¿Ves? No sabes tantas cosas cómo crees. Entra al agua.
El niño sigue las indicaciones de su abuelo, toma la tabla de natación y la pequeña pelota que le da.
El abuelo lleva lo mismo, se queda fuera, al lado.
-Ahora el juego consiste en ver quién llega al otro lado…
Sin dejarle terminar, el niño sale corriendo hasta tocar la otra orilla y comienza a reírse dando saltos y vueltas en el agua. Tirando la tabla y la pelota a lo alto… Con tan mala suerte de que la pelota aterriza en la pamela de la señora que tenía un bebé durmiendo en la toalla.

La señora grita por el golpe en la cabeza, el niño despierta y comienza a llorar, la pelota salta entre ambos, un señor de bigote que estaba al lado mira de malas maneras, la madre del niño lo toma en brazos, se pone de pie y pisa la pequeña pelota, se cae hacia detrás, sin soltar al bebé cae de culo en los vasos desechables con tinto de verano, el señor del bigote agarra a la mujer y atiende al bebé, la abuela de al lado comienza a gritar improperios mirando hacia la piscina pequeña, y un hombre muy flaco se acerca con rápidos pasos hacia un pálido Andrés, mientras el socorrista acude en apenas un segundo a atender el desaguisado.
El señor flaco parce romperse cuando comienza a mover sus brazos según se acerca.
Carlitos se hace pis en la piscina, pero eso no lo supo nadie.
El abuelo de Carlos comienza a acercarse al señor flaco pidiendo disculpas, explicando que ha sido un accidente. Se le olvida respirar, respirar de forma consciente.
El niño se paraliza al ver a su abuelo rodeado de dos señores, (el del bigote ha llegado también), solo siente miedo. Es todo miedo.
Se da cuenta de que es miedo, igual que en la tarjeta le decían que fuera dulce, salado…
Se aparta una nube del cielo, un rayo ciega los ojos del abuelo, el abuelo para, suelta los músculos, espera, siente. Siente la ira de esos señores, tal cual él mismo la sintió muchas veces, se da cuenta de la frustración del miedo, del error…
En apenas unos segundos detecta una elección ¿lucho? No.
Es invadido por una extraña calma, se siente vulnerable, esa vulnerabilidad que da fuerzas para el perdón y la no lucha.

Eso le hace sentirse tranquilo.
Mira hacia el suelo en silencio, esperando, oye ruido a su alrededor alguien le zarandea del brazo y y oye decir:
-¿Eh, eh?
Alzó la mirada y vio al hombre de bigote, le agarraba su brazo, miró sus ojos.
-Lo siento. Lo siento profundamente. Lamento lo ocurrido. ¿El bebé está bien?, ¿y la señora?
-¡Han estado a punto de matarlos! -Decía el flaco.-
-No, no nos ha pasado nada, ha sido el susto. -Llegó una voz femenina.- Era la madre con el bebé en los brazos.-
-Agüelo, agüelo lo siento, yo, no quería. -Era la voz de Carlitos agarrado a las piernas de su abuelo.-
-Eso díselo a esta señora, y a su hijo.
Carlitos no pudo, se echó a llorar.
La mujer mayor también se acercó, y se acercó el socorrista, y el guarda de la piscina, y un chaval que pasaba por allí, y unos niños curiosos, y el chico de pelo pincho, y una señora gorda que revolvió con sus dedos los pelos de Carlitos…
-Bueno, pues ya está, dijo el guarda, tenga cuidado con los balones, por esto no dejamos usarlos.
-Yo solo pretendía… -Empezó a explicar el juego que intentaba con su nieto.-
-Da igual. -Le dijo alguien.- Tranquilícese que no ha pasado nada más que el susto, llévese al niño y tómese una tila en el bar.

En realidad no entendieron que no eran nervios, era rendición, esa rendición salvadora, entrega a la vida, dejarse llevar hacia la respuesta que surge de lo profundo de Ser. Eso enseñó la inconsciencia del niño al abuelo, eso aprendió el abuelo observando y siendo consciente.
Tuvieron que pasar tres días hasta que el abuelo volvió a hablar con su nieto. Él y la abuela pensaban que era porque estaba enfadado, pero no era así.
Estaba silencioso, necesitaba su silencio, asentar su aprendizaje, sentir, sentir lo que aquel día le regaló. Valorarlo, colocarlo.
Así fue.

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