El abuelo meditante. Capítulo 4. (Parte 1)

 

-¿Entonces ya me has perdonado?
-¿Te das cuenta de que no aprendes? Tienes que estar atento, poner atención. Te dije que iba a enseñarte a que nadie tenga que perdonarte.
-Vale, pero ¿tú me perdonas?
El abuelo entendió que el nieto necesitaba soltar presión, presión y culpa.
-Si, claro que te perdono.
Se dieron un abrazo de esos profundos que el abuelo no supo dar en toda su vida, una vida en la que había aprendido que los hombres no lloran, y que si abrazan es que detrás hay una relación de pareja.
El abuelo, en principio tenso, recordó la inteligencia cardíaca de la que tuvo primera noticia a través de su curso de meditación. Impresionante cómo por su mente en un solo instante recordó los estudios elaborados por científicos que demuestran que el corazón siente, siente y tiene neuronas, neuronas que ordenan al cerebro cambiar estados de ánimo, y el cerebro va, y obedece.
Si su nieto tenía el corazón encogido, los mensajes de su corazón no podrían ser muy sanos, si él no le daba la posibilidad del perdón correrían malos tiempos para Carlitos, quizá no ahora, su subconsciente lo enterraría, pero ahí tendría un cúmulo de culpa que en algún momento le pasaría factura.

Y él en ese momento era el responsable de poder sanar la situación, además, si no lo hacía cargaría con una piedra más en su ya pesada mochila llena de culpas.
El abuelo respiró centrándose en su corazón mientras abrazaba a su nieto, el niño se dejó abrazar blandito, agarrado a su abuelo sin apenas rodearle la cintura.
Mientras, el abuelo sintió que todo eso contribuía a la expansión de su consciencia.
El abuelo Sintió. SINTIÓ.
-¡Bueno enano, no te pongas tan moñas! -Retiró suavemente al nieto.-
-¿Y ahora que hacemos agüelo?-Enseguida el niño recordó que había que dejar un espacio al abuelo, que hablaba despacio, a veces, se quedaba con los ojos abiertos como platos con la mirada perdida, y luego hablaba, además le sentaba fatal que le pasaran la manita por delante de la cara cuando estaba así. Se tapó la boca con las dos manos como diciendo ¡hay que la lío! Pero no pasó nada. Andrés solo le dirigió una seria mirada que suavizó al darse cuenta de que su nieto, al menos, se había percatado.
¡Bien! Pensó el anciano, al menos ya comienza a darse cuenta, a poner atención.
-¿Sabes lo que es la compasión?
Negó con la cabeza. Fueron a un diccionario.
-Toma, búscalo, cuando encuentres la palabra me avisas.
-¿Cómo era? Con… qué
-Compasión con m antes de p. Aquí lo tienes apuntado para que me escribas lo que significa.
Al cabo de un minuto, (sesenta segundos ni uno más ni uno menos) se oye al niño gritar:
-Agüelo, no viene.
Del otro extremo de la casa llega la respuesta:
-¿Cómo no va a venir? Busca bien.
Esta vez fueron algunos segundos más.
-Agüelo, que no viene.
-Busca más.
-¡Jo macho! -Se queja el niño. Pero sigue buscando.- ¡Aquí, aquí! -Grita.- Lo tengo, lo tengo. Compresión. -Y comienza a leer lentamente y en voz muy alta.- Acción y efecto de comprimir.- ¡Ya esta agüelo, ya está…!
-¡Abuelo! -Oye una enérgica voz justo detrás.- Y no es compresión, ni si quiera es comprensión, es compasión, compasión… ¡Compresión! ¡Compresión amorosa! ¡No te digo! -Medio sonreía al decirlo.-
-¡Jo agüelo! Es que no viene…
-Abuelo. Si viene, pero te lo has pasado. ¿No te enseñas en el cole a buscar en el diccionario?
-Si, pero esta es muy difícil. Es que ya me estoy poniendo nervioso, como en el cole, no lo encuentro porque tengo muchos nervios.
-¡Tú lo que tienes es mucho morro! Estás muy cerca, así que vete un poquito más adelante y no corras tanto que te lo pasas.

-¡Fú! -Se rascó la cabeza. Y siguió buscando. ¡Ahora sí, ahora sí! Compasión: Sentimiento de conmiseración y lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias.
-¡Vaya definición!, a ver, busca conmiseración. -Ante la incomodidad del niño le dijo.-No seas quejica que estoy aquí contigo.-
Lo encontraron y ponía: Conmiseración: Compasión que se tiene del mal de alguien.
-Y eso qué es… -Se extrañó el pequeño.-
-¡Pues eso digo yo!, a ver cómo te lo explico… ¡ven conmigo!
Salieron al jardín y empezaron a escarbar en la negra tierra hasta que encontraron lombrices.
-Ve apartando unas cuantas.
-¡Si son gusanos!
-¡Qué van a ser gusanos!, son lombrices, estas no dan asco porque son buenas y no son gusanos. Así que no seas mindundis y aparta las que te vayas encontrando, ve con cuidado que las necesitamos enteras.
-¿Para qué?
-Para partirlas.
El pequeño se quedó boquiabierto.
-¿Partirlas?
-Si, partirlas.
-¿Pero… por qué?
-Tú apartalas con cuidado.
Ante la inmovilidad del crío el abuelo le recitó una poesía con gestos y todo:
Una babosa ¿será venenosa? (5)
¿La piso o no la piso
con mi zapato rosa?
¡Pum, la pisé!
¡Pobre babosa,
no era venenosa!
Qué era muy buena.
Se iba a la verbena
y yo la he pisado,
tan solo por un lado.
¿Qué hago, que hago?
La cojo con cuidado
la llevo a su casita
y la pongo del otro lado.

Andrés no lo sabía, pero la que se quedó perpleja tras la ventana de la cocina fue Lourdes, cuando vio a su marido hacer con el nieto lo que nunca hizo con sus hijos.

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